Serra

Fiel a mi orden de ermitaños.

Description:

Lleva el cabello corto e irregular, color castaño oscuro que cuando está limpio, forma pequeños rizos, de lo contrario, parece una escobeta puntiaguda con pequeñas rastas. Tiene ojos grandes y poco expresivos, color café claro acompañados de bolsas moradas que sobresalen de su piel blanca de aspecto fantasmagórico, casi nunca sale a la luz. Nariz refinada, boca torcida. Su cuerpo es de una Halfling escuálida pero de brazos fuertes.
La ropa que usa es de su padre, por lo que está vieja, amarillenta, rota y le queda grande. No usa calzado por lo que se pueden ver sus peludos pies curtidos por la tierra.
Nunca ha entablado una conversación, no sabe reglas de etiqueta ni comportamiento por lo que es practicamente imposible comunicarse con ella. Sólo se acercará a alguien más si es necesario o tiene el interés suficiente.

Bio:

Era una tarde lluviosa, ella estaba sentada frente a una chimenea con una manta dura y un sujeto leyendo fervientemente un montón de libros a su lado. Siente hambre pero de alguna forma sabe que llorar no hará que le den de comer, así que espera grabando en su cabeza cada tonalidad de rojos y amarillos en las flamas que tiene frente a ella. ¿Cuánto habrá pasado? No lo sabe, sólo recuerda el sabor dulzón de la misma sopa de siempre. La única comida del día. ¿Cuántos años tendría? Dos cuando mucho.
Gregor, tal vez así se llamaba el sujeto de los libros. Es difícil saber cuál era realmente su nombre o a qué se dedicaba pues no dejó mucho sobre él. Tenía un arco, flechas, trampas, una armadura de cuero aunque la usaba poco. Además, coleccionaba libros. No tenía esposa pero sí una hija con la que vivía más allá de las afueras de Greenest, su nombre era Serra. Tampoco podemos decir que era un padre excepcional pero logró hacer que la chiquilla sobreviviera cuando menos hasta los 7 años, tiempo en que decidió partir hacia su muerte. La dejó completamente sola, aislada del resto del mundo.
Serra era una niña flacucha, no hablaba muy bien, sólo lo suficiente para comunicarse con su padre y jamás habló con nadie más que no fuera él. No fue a la escuela y no aprendió un oficio de manera convencional. Su padre le enseñó todo lo básico: “Si alguna vez faltara yo y tuvieras que ir a la ciudad, tendría que ser sólo por una emergencia así que debes aprender a leer, escribir, sumas y restas. No necesitas más, ir a la escuela significaría que aceptas las ideas de otros y no quiero que eso te pase.”
Cuando dominó las letras y números como le es posible a alguien de su edad, empezó el verdadero entrenamiento. Aprendió a sobrevivir en la naturaleza con sus propias manos y cuando estuvo lista, su padre dejó que usara un arco pequeño. Él no hablaba mucho, más bien le mostraba cómo debía hacerlo y dejaba que ella lo intentara, sin embargo, cuando era una lección importante, hablaba despacio, como taladrando las ideas en la mente de su hija: “No te preocupes, esos niños no son libres aunque jueguen en el bosque. Cuando crezcan, serán esclavos de sus tradiciones, ahora, aprende a usar la flecha para defenderte.”
Una noche, Gregor llegó ensangrentado de pies a cabeza y balbuceando algo incomprensible. Apenas podía sostenerse en pie, se arrastró al único librero de la pequeña cabaña y tiró todo al suelo.
-Serra, ¡ayúdame! ¡Sácalos de aquí! ¡Todos! – Ella, aún somnolienta y sin entender qué pasaba, se apresuró a mover los libros del estante hacia afuera. – ¡No los trates como si fueran valiosos! ¡Tíralos! ¡Rápido! No tengo mucho tiempo. – Se retorcía de dolor. Sería imposible encontrar cuál era la herida (o heridas) que lo tenían desangrándose. Además, despedía un olor a carne quemada y por su forma de hablar, se podría decir que le faltaban algunos dientes. – ¡Quémalos! Ahí está el aceite, cerillos, quiero ver que los quemes todos. – Se arrastró a la puerta para ver a su hija cumplir con sus deseos. – Escúchame bien, nadie sabe que fui yo. – Las palabras salían muy rápido de su boca, olvidando que para hablar con ella, debía hacerlo muy despacio. – Tienes que restaurar el orden, fue mi culpa, lo acepto pero lo hice por un buen motivo. – Una punzada en el estómago lo obligó a detenerse y vomitar sangre. – Culto del dragón, búscalos… tienes que prometerlo. Por eso estás aquí. -Luego, balbuceó mil palabras más, todas incomprensibles para Serra.
-¿Estás muriendo? – Lo interrumpió. Recordaba como la vida desaparecía de los conejos que mataba para comer y sólo podía preguntarse si eso iba a pasar con su padre. Lo miró a los ojos y entendió que tal vez era momento de agradecerle su vida para que ella pudiera existir, de la misma forma en que antes de comer, agradecía a cada animal por dar su vida para ella. – Gracias padre por tu vida.
No hablaron más, lo llevó a rastras a su cama. En algún momento de la madrugada murió. Ella lo veló por 7 días si es que se puede llamar a eso velación. ¿Qué se hace con un cadáver? Este no era un cuerpo que pudiera comerse, ¿lo tiraba al fuego? Desde el día 1 ya apestaba, el olor era insoportable pero ella no se movió para nada. ¿Qué tenía que hacer? Para el día 8, le era imposible respirar por lo que tomó las pocas cosas de importancia: una armadura de cuero que le quedaba muy grande, un arco corto, uno grande, flechas, ropa vieja, cuerdas, una cajita y el único libro sobreviviente a la noche en que su padre murió: un diccionario. Antes de irse, se cubrió la boca y fue a ver por última vez a su padre.
-Debo irme. – Avisó con voz firme.
Justo antes de dar la media vuelta, vio un pequeño destello en la mano derecha del cadáver. Se acercó aguantando las náuseas y descubrió una calavera pequeña y de plata, del tamaño de una moneda. La tomó y salió a prisa. El hedor era insoportable. Se adentró con las pocas pertenencias que tenía al bosque. Sobreviviría y cuando fuera mayor, podría cumplir con la única orden que su padre había dejado.


Para cumplir con la misión que su padre le encomendó, se unió a un grupo de extraños que hacen mucho ruido pero que tienen el mismo objetivo que ella: destruir a la orden del dragón… o eso es lo que parece. El estrés de las situaciones han hecho que aprenda a esconderse como una maestra del camuflaje y aunque no participa mucho de las aventuras de la party, siempre los sigue a la distancia. Tal vez algún día aprenda el nombre de alguno de ellos, después de todo, no parecen ser tan abominables.
Gracias a su poca interacción, vaga mucho por el bosque. Ama a al naturaleza y parece que la naturaleza la ama a ella pues ha puesto a un amigo a su lado a quien llamó Bobo, aunque más que nada hablan a gruñidos y miradas. Bobo es un oso que se encontró en el bosque y que desde entonces, no se ha separado de ella. La cuida como un verdadero guardián y le hace compañía.
Bobo es un poco más “civilizado” que Serra, por lo que la obligó a comprarle un moño y un sombrero, símbolo de que es más inteligente que los osos promedio (xD) y aunque le encanta dormir, tiene asuntos pendientes con el culto del dragón y se desespera cuando Serra, fastidiada de la party tan ruidosa, prefiere dormir a combatir a aquellos seres detestables.
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Serra

Hoard of the Dragon Queen lilaswang